Somos dos.

Y pretendemos hablar de lo que pasa en la Plaza Mayor de  Afania

¿Imaginan un lugar dedicado por completo a la literatura? A leer, a disfrutar durante horas y horas de una historia sin atender a ninguna otra obligación ¿Imaginan? Un sitio donde los libros fuesen objeto de culto, venerados, defendidos y, claro, leídos. Un paraíso con olor a páginas viejas, manoseadas, manchadas incluso en alguna esquina… ¿Imaginan? Pues existe, en forma de reino y a salvo de iletrados, en alguna parte de Europa central. Afania se llama y está gobernado por Escopetino I y su esposa, la reina Belinda. Gracias a  ellos todo el mundo en el feudo lee sin parar, de hecho la lectura es la actividad a la que más tiempo se dedica. Algo, si me lo permiten, maravilloso. Como la idea de reservar los salarios para los que nada hacen, temiendo que, de otra forma, los verdaderos trabajadores puedan actuar movidos más por el afán económico que por el sentido del deber.
Pero… Volvamos a las letras. Tanto es el amor y aprecio que sienten los soberanos por ellas que todos, pobres y ricos, son despojados de sus ropas para fabricar papel. E incluso, hace años, fundaron un Tribunal con seis jueces especializados en delitos literarios. Allí, por ejemplo, las adaptaciones del francés son consideradas contrabando, el plagio se paga con tres años de sudor empujando la rueda de un molino y -atención dedos ligeros- los errores gramaticales, de sintaxis o la falta de manejo en el uso de sinónimos son castigados con la pena capital. Por ejemplo, el presuntuoso capaz de escribir algo como ‘las flores, amigas de las mujeres, las cuales alegran los balcones…’ es ejecutado de inmediato.
Con el fin de preservar la pureza del lenguaje y el estilo narrativo, los adjetivos -abusados por tradición- se guardan bajo llave en la Biblioteca del reino, de modo que los autores no se excedan.
Se publican numerosos libros al año y la mayoría son excelentes. Porque, de lo contrario, el firmante no cobra. Aquí es de ley. De hecho debe reembolsar los costes de impresión, papel y tiempo provocados con un texto que por malo es completamente innecesario.

Normas todas rígidas y – quizás piensen- en ocasiones crueles. Sin embargo necesarias. Es preciso, créanme, ser impecables con las palabras, pues con ellas, señores, construimos la historia de nuestra vida.

 

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