Captura de pantalla 2013-04-11 a la(s) 22.00.19 ” Afania es un país literario. Cuenta con un código especial para los delitos literarios y con un Tribunal de las Letras presidido por seis jueces que reciben enormes salarios para compensar su obligada abstención de la literatura. Los culpables de plagiar las obras de otros escritores son enviados a empujar la rueda del molino durante tres años. Las adaptaciones del francés se consideran contrabando y los errores de sintaxis se castigan con la pena capital. El presuntuoso capaz de escribir frases como «”El muchacho de 17 años que en un mitin del señor Aznar gritó no a la guerra estaba vulnerando la libertad de expresión del señor Aznar, que era el que estaba hablando en ese momento”», es inmediatamente ejecutado. Para preservar la pureza del estilo, los adjetivos se conservan en la Biblioteca Nacional, y los autores no pueden emplear más de una cierta cantidad al día, con el permiso especial de, al menos, tres de los Jueces de las Letras. A pesar de todas estas normas, se publican numerosos libros al año, la mayoría de ellos excelentes. La regulación relacionada con la actividad editorial es precisa: por cada libro que se vende, el editor se reembolsa el costo del papel, la impresión y la encuadernación del libro según un determinado porcentaje que varía entre el uno y el cinco por ciento según la clase de edición. Como nadie mejor que él puede juzgar el valor de los libros que se le ofrecen, si el libro es malo es de ley que pierda íntegramente el valor de la edición. Los escritores, en cambio, reciben toda la ganancia (menos ese porcentaje) que producen los libros: se supone que el éxito de la obra depende de lo que ellos añadieron al papel, ya que la impresión y la encuadernación son comunes a todos los libros. Si la obra fracasa, sólo pierden su tiempo y su reputación.

Reciben salario solamente los que no hacen nada; se supone que los demás, los que trabajan de verdad, lo hacen inspirados por el deseo de medrar, más que por un sentido innato del deber.

El Rememorador Oficial guarda la Historia y debe recordarle al rey todas las cosas. Este puesto fue creado por el rey Buffo LXI, quien había perdido el extremo superior de la cabeza —incluyendo el asiento de la memoria—en un combate contra Swashdash, el gigante usurpador”.

(Tom Hood, Petsetilla’s Posy, Londres, 1870)